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Homenaje a Marcelino Camacho



Homenaje a Marcelino Camacho 2007

Agustín Moreno / Público | 26 nov 07


Hace unos años llevé a Marcelino al instituto y antes les dije a los chicos: buscadle en el Larousse y cuando venga aquí, si veis a un abuelo apacible, no hagáis caso de las apariencias. Marcelino Camacho es importante, muy importante, aunque no es rico, vive modestamente en Carabanchel y hoy no tiene poder sindical ni político directo. Pero es un personaje histórico y una persona indomable, que no se ha plegado nunca ni ante Franco ni ante las burocracias sindicales. Sólido y próximo, concreto y con la línea del horizonte en su mirada, no les defraudó.

Tras la Guerra Civil, durante el franquismo, en la transición y en la democracia, Marcelino juega un papel clave por su lucidez. Nunca perdió el norte, supo orientarse ante los cambios y siempre tuvo claro que hay que apostar por los trabajadores, por la clase obrera como sujeto histórico del cambio, ya que el mundo no está hecho a la medida de los más débiles. El coste de su apuesta es la cárcel, el destierro, el despido, la marginación y mucho sacrificio. Por ello es uno de los grandes protagonistas de la Historia de España del último medio siglo. Como dijo de él Manuel Vázquez Montalbán, tras la gran derrota de la Guerra Civil “Marcelino fue una pieza clave en ese resurgir del movimiento sindical en las condiciones más difíciles de dictadura”.

Ha sido el fundador del gran sindicato Comisiones Obreras y un modelo de compromiso con la lucha antifranquista, por las libertades, la paz y por los derechos laborales. De una honestidad a prueba de bombas, personifica la mejor tradición del movimiento obrero: los que organizaron los sindicatos siempre fueron los más austeros, los más cualificados, sobrios, autodidactas y con mayor conciencia de clase. Resolvió las opciones que, según Hobsbawm, se les presentan a los trabajadores de la mejor manera para su conciencia y para su clase: no buscar el enriquecimiento o el medro personal, no desmoralizarse, y sí organizarse y luchar para cambiar el mundo, para mejorar las condiciones de vida y de trabajo.

Es mítico su coraje y voluntad de hierro para no rendirse ni tirar la toalla nunca y seguir combatiendo el desorden capitalista. Las grandes personas se ponen a prueba en los momentos decisivos. Y Marcelino superó todas las pruebas ante la represión y la cárcel, ante las discrepancias internas y las decisiones difíciles, al defender la independencia de CCOO en momentos claves como la tramitación del Estatuto de los Trabajadores, la tarde-noche del 23 de febrero de 1981 que compartimos en un comité de enlace con la UGT, ante la concertación social y en muchas otras ocasiones.

Su gran fuerza es la de sus ideas y sus convicciones. Coherente hacia fuera y hacia dentro, exigió la democracia política y la libertad sindical en el país en plena dictadura, ha defendido la democracia interna en las organizaciones donde ha militado y ha sido libre al posicionarse, aunque se quedase en minoría y ello tuviera consecuencias represivas, más dolorosas aún si provienen de los que se considera propios. Es obligado recordar todos los hechos: no se le elige para la presidencia del sindicato en el VI Congreso (1996), sin ningún debate entre las bases, convirtiéndole en chivo expiatorio para lanzar un mensaje a críticos y discrepantes de que serían excluidos si se oponían a una operación que pretendía moderar al sindicato hasta unos niveles irreconocibles.

Recuerdo, al ver la foto de la primera Ejecutiva Confederal, su apuesta valiente por la juventud y la renovación de la dirección del sindicato. Era increíble que, a finales de los años 70, chavales de veintitantos años compartiéramos responsabilidades y trabajásemos codo con codo con alguien que para nosotros era un auténtico mito.

En Marcelino resalta muy especialmente su calidad humana, que se expresa en la sencillez, bonhomía y carácter cariñoso. Quizá por ello y por su solidez ideológica ha sido insensible a los halagos del poder, esos cantos de sirena que encandilan a más de un dirigente.

Ha sido capaz de hacer convivir en CCOO a posiciones sindicales muchas veces encontradas, porque ha defendido la pluralidad por creer que es un valor en una organización y porque ha confiado en la fuerza de sus ideas y del diálogo para abordar las diferencias. No persiguió a los discrepantes, porque no los consideraba ninguna amenaza y porque, más allá del peso de sus argumentos, siempre estuvo muy sobrado de autoridad moral, tanto ante los amigos como ante los enemigos. De ahí su talento para sumar y no para restar.

Pero, sobre todo, destaca por su coherencia. De entre la multitud de homenajes y premios que ha recibido, hay uno que le resulta especialmente grato: el premio a la Coherencia de Guardo, un pueblo obrero y minero del norte de Palencia. Premio que, como de coherencia se trata, debe compartir con su querida compañera Josefina Samper. Sé que es uno de los que más le enorgullecen, porque Marcelino siempre, siempre, ha intentado ser fiel a los trabajadores y a él mismo, y cuando vuelve la vista atrás para contemplar su vida, lo expresa de manera rotunda al afirmar: “Si tuviera que volver a nacer, volvería a hacer lo mismo”.

Por todo lo dicho, Marcelino Camacho se merecía un gran homenaje de todo el sindicato, de los trabajadores y trabajadoras y de la sociedad española. Aunque estoy seguro de que el mejor homenaje que desearía el propio Marcelino sería la recuperación y el fortalecimiento de su legado en CCOO: la pluralidad, la unidad, la firmeza y el carácter de clase del sindicato.

Decía Flaubert que “al escribir la biografía de un amigo, hay que hacerlo como si estuvieras vengándolo”. Marcelino no lo necesita por su altura moral, que le hace estar por encima de toda circunstancia. Como en el fondo son los actos los que hacen que las personas sean memorables, sus compañeros, camaradas y amigos nos podríamos haber ahorrado las palabras y limitarnos a darle las gracias a Marcelino, por tantas y tantas cosas.

Agustín Moreno es vocal de la Comisión Ejecutiva de CCOO



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